Don't be a stranger
No hay modo bueno de decir adiós.
Hay dos personas con las que me he imaginado envejeciendo, con las que hoy sé que no voy a envejecer. Una es el que fue uno de mis mejores amigos durante veinticinco años. Otra es mi exmarido. Lo que más duele casi nunca es el pasado –que fue bonito; que tuvo también, es evidente, sus problemas– sino el futuro, todas esas cosas que iban a ser y no serán.
Duele más desprenderse del futuro porque en nuestra cabeza siempre fue bonito. Íbamos a reírnos, a viajar, a acompañarnos. Hoy sé que no pasaré las tardes de mi vejez echando un mus; al menos, no con él, con ese amigo tan amigo que me llamaba prima y me llamaba hermana. No nos vendremos arriba envidando a chica ni acabaremos echándonos un órdago desproporcionado (¿fue eso lo que pasó para que todo terminase? ¿un órdago desproporcionado?). Hoy sé que tampoco pasaré las tardes de mi vejez en un pueblecito cántabro; al menos, no en su pueblecito cántabro, el de mi exmarido. No tomaremos café sentados al sol en su jardín. O quizá él sí, claro: yo no tomaré café al sol en su jardín.
Mi ex mejor amigo y mi exmarido no se caían bien; ahora ya da igual, ahora yo no les caigo bien a ninguno de los dos. Con mi ex mejor amigo nos imaginamos muchas veces el futuro: cómo seríamos los testigos de la boda del otro, cómo seríamos los padrinos de los hijos del otro, todo eso. Al final, él no vino a mi boda. Y esa boda ya ha prescrito. Todo lo que iba a importar siempre, un día ya no importa más. Es devastador, es liberador, es la vida.
En el episodio once de la quinta temporada de Mad Men, Peggy y Don se despiden. Peggy deja a Don, le dice que se va de la agencia. La despedida es ejemplar, porque las cosas en la ficción suceden así. Peggy le agradece que haya sido su mentor, que la haya considerado su protegida; valora todo lo que ha aprendido con él; le explica que ha llegado el momento de pasar página. Don primero se niega a aceptar la realidad –cómo asumir que se termina un suelo– y luego acepta con diplomacia que Peggy se vaya. Ella le tiende la mano como un hombre, él la coge y le besa el envés como a una dama. Él cierra los ojos, a ella se le escapa una lágrima. Antes de salir por la puerta, Peggy se despide. “Don’t be a stranger”, le dice, que en los subtítulos aparece traducido como “Llámame algún día”.
Me quedo pillada en esa frase, don’t be a stranger. Lo busco y en inglés es una frase hecha, una manera informal y amigable de decirle a alguien nos vemos, seguimos en contacto, llámame. No es una frase literal, pero a mí me gusta su interpretación literal: no te conviertas en un extraño.
Cuando nos despedimos de alguien, lo que estamos diciendo es que las cosas ya no pueden seguir siendo como hasta ahora. No podemos seguir siendo lo que éramos sin que la dignidad se ponga en juego. Y, con esa constatación, se viene abajo un mundo: un grupo de amigos, un trabajo, una familia política, una casa, una historia común, una amistad, un amor. Tras el desplome, viene el duelo. Tras el duelo, ¿qué queda?
Hay una paradoja en volverse dos desconocidos cuando dos personas se conocen tanto. O, como decía Jane Austen en Persuasión, algo aún peor que dos desconocidos: “No había habido dos corazones tan abiertos, dos gustos tan similares, más comunidad de sentimientos, ni figuras más mutuamente amadas. Ahora eran dos extraños. No, peor que dos extraños, porque jamás podrían llegar a conocerse. Era un exilio perpetuo”.
Dos extraños que ya no pueden llegar a conocerse: romper con alguien no es terminar el pasado, es negar el futuro. Convertirle en un extraño sin posibilidad de redención. Decirle aquí no volveré, porque ya sé lo que hay. Despedirse con un don’t be a stranger es aferrarse a la esperanza, es decir: no podemos seguir siendo lo que éramos, pero no te conviertas en nada, con todo lo que has sido.
Estoy haciendo scroll en Twitter cuando me salta una cita que dice “no hay nada peor que pasar de la intimidad al protocolo”, y lo primero que pienso es ¡qué gran verdad!, y lo segundo que pienso es ¿dónde he leído yo eso?, y lo tercero que pienso es coño, si lo he escrito yo. La frase es de un relato de No todo el mundo. Siempre siento que me despojo de las cosas que publico, que me libero de ellas, pero algunas vuelven como un boomerang o como una bofetada.
Mi ex mejor amigo vive en mi barrio. Cada vez que paso por su calle, pienso que me lo voy a encontrar, pero inverosímilmente llevamos cuatro años sin vernos. Si nos encontrásemos, sería como decirle hola a un extraño que no lo es. Recuerdo bien –recuerdo a menudo– sus abrazos: saludarle sería soportar la omisión de ese abrazo que tantas, tantísimas veces nos dimos.
Mi exmarido, cuando aún era mi marido, me mandó un whatsapp encabezado con un “Hola, Marta”, y ese día comprendí que nuestra relación se estaba terminando. “Ahora me habla como si fuera mi asesor fiscal”, le lloré a mi psicólogo. De la intimidad al protocolo: tengo que hacerme más caso.
Tiempo después de su despedida, Peggy y Don se encuentran por casualidad un día en el cine. Él entra a la sala y se topa con ella, sola entre las butacas de terciopelo rojo. Se sientan juntos, se alegran de verse. Hay entre ellos una cautela que antes no existía. ¿Cómo es que estás en el cine, y no trabajando?, pregunta Don. No se me ocurría nada y alguien me dijo una vez que venir al cine ayuda, responde Peggy. Don sonríe. Ese alguien es él.
A mi ex mejor amigo, a mi exmarido, a algún exnovio, a alguna examiga, incluso a algún exsuegro… a todos me gustaría haberles dicho, cuando nos despedimos, don’t be a stranger. Con todos me gustaría poder cumplirlo.






¡Hola, Marta! Acabo de hacer upgrade en la cuenta para poder seguir leyendo este relato. Justo ayer tuve esa sensación de pasar "de la más absoluta intimidad al protocolo" y además, dije la frase (pero en español) "don't be a stranger". Justo ayer todo, 20 días después de nuestra ruptura, porque nos volvimos a ver por primera vez. Y sentí justo lo que detallas: cómo es de extraño pasar, en sólo 20 días, a tener que comportarte completamente diferente con la misma persona... O es que seguramente, ya no somos esas mismas personas que hace 20 días nos quitamos la vestimenta de "pareja" (creo que de hecho, dejamos de serlo hace bastante). A mí me resultó duro, difícil y no por querer volver con él, que no quiero... sino porque es muy extraño ese cambio de roles con quien ha sido "tu persona" y ahora, mantener un muro de protocolo que ni con los amigos. Por más que queráis ser amigos. Estoy en ese punto de silencios incómodos, demasiados... ni pareja, ni amigos, ni más, ni menos... No saber qué somos, cómo actuar, ¿un beso, abrazo, un roce de piernas espontáneo? hay que pedir perdón ahora parece... sólo 20 días después sin habernos visto. Es como cuando te despiden o te vas de un trabajo una tarde a las 19 h y a la mañana siguiente, no tienes que levantarte y seguir tu rutina "de antes", de hace sólo 5 minutos. Yo creo que esto, es lo que más duele de las rupturas, el reajuste de roles y por supuesto, como dices, el futuro. El que habíamos construído en nuestra cabeza que muchísimas veces, sólo era una fantasía ni siquiera, alimentada por la realidad.
Ayer cuando le vi y empezamos a caminar le dije "echo de menos a mi amigo" (a él como amigo, que hace un año que nos perdimos por el camino). Él me dijo: sigo aquí, tu amigo sigue aquí. Yo no lo creo. Ya no es igual al menos, ahora mismo. Ponemos barreras, ambos, para que quede constancia y demostrarle al otro que no queremos volver, como si eso fuese ser los ganadores de esta batalla. ¡Qué necesidad! Me matan esos marcajes. Al irse le dije "no desaparezcas". No sé si es lo que quiero realmente pero lo dije. Quizás más que por la realidad por esa sensación de no ser tan "olvidable" o prescindible cuando en realidad soy yo la que no escribe y sólo contesta a su mensajes de "hola, qué tal?". Es extraño el proceso de las rupturas. Lo que sí se es que con los años y el trabajo personal, se llevan de otra manera... ¡Afortunadamente! Pero convertinos en extraños para el otro, yo creo que siempre pasa incluso, estando en la propia relación.
Pd. Yo también vi que todo empezaba a romperse cuando yo le llamé por su nombre y él a mí, por el mío. Son señales. Ay si las viésemos con más claridad. ¡Un abrazo!
martaaaa!!!!! qué cosa voy a la mitad de oxígeno y no lo quiero acabar nunca, pago por tus palabras sin pensarlo SIEMPRE SIEMPRE! un abrazo y ojalá nunca fuéramos extraños de nadie 💙